La Pollera publica «El faro», ganadora de los Juegos Literarios Gabriela Mistral 2019

La Pollera publica «El faro», ganadora de los Juegos Literarios Gabriela Mistral 2019

La novela, escrita por un profesor de poesía, cuenta con una prosa limpia y emotiva.

La desaparición de su primo Rodrigo a los pies del faro de Playa Ancha guía los recuerdos fragmentados de un estudiante universitario de Valparaíso: sus amores inciertos y relaciones ambiguas siguen la hebra de la memoria de un suicidio sospechoso o un asesinato que nunca se pudo probar. Años más tarde, el pasado revela un lado luminoso y conocido, pero también uno oscuro y misterioso, como la intermitencia de un faro con el que se intenta alumbrar los hechos ocurridos.

El autor de El faro, Felipe González, profesor de Poesía chilena y Poesía latinoamericana en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, se refiere justamente a que la mayor parte de la obra está situada en Valparaíso y cómo poner en escena una ciudad tan recurrente en el imaginario artístico.

«Esa inquietud está presente, con más o menos énfasis, en varias obras narrativas de la última década, que intentan demoler el imaginario turístico-festivo de la ciudad, y hacen aparecer a los habitantes de los sectores marginados. Hay un giro, prefigurado por Manuel Rojas y Armando Méndez Carrasco, que ha ampliado “posmodernamente” el imaginario porteño con una crítica al período del “adormecimiento”. El riesgo es que a veces ha incurrido en una especie de erotización de lo precario, que es indeseable para quienes lo sufren. En El faro aparecen lugares más bien “tradicionales”, pero entrelazados con las vivencias cotidianas de esos personajes intermedios (ni turistas ni autóctonos) que son los estudiantes de clase media santiaguina. No hay carnaval ni suvenires de por medio, y surge un arraigo emocional intenso en la ciudad que puede resignificar, por ejemplo, un lugar cooptado por las postales, como el cerro Concepción«.

Con la pérdida de contacto como uno de los móviles de la historia, González sostiene que «la hiperconexión cambia más que limita las posibilidades narrativas, porque, claro, se pierden ciertas experiencias, pero aparecen otras nuevas o se revitalizan las antiguas. La crónica, dicen por ahí, le debe mucho a la velocidad introducida por los nuevos medios de trasporte creados en el siglo XIX, como el tren. Quizá en el futuro cercano la movilidad espacial deje de ser interesante o pertinente para la narrativa. Y la vieja experiencia de la soledad existencial y lo incognoscible de la otredad, del sentido, vuelvan, paradójicamente, a resaltar como temas literarios en un mundo hiperconectado, lleno de simulacros de sentido. Hoy la cercanía excesiva aleja y desdibuja, y la inubicabilidad en realidad se exacerba: Serotonina de Houellebecq, por ejemplo, es en cierto modo una versión monstruosamente actualizada de “El hombre en la multitud” de Edgar Allan Poe«.

En un momento el narrador considera la escritura como la posibilidad de aceptar y verificar que el dolor del pasado no es contingente. Al respecto, el autor de El faro indica que a sus estudiantes de poesía les enseña «“La jardinera” de Violeta Parra, y les digo: la Violeta tiene una pena de amor y ¿qué hace?, ¿se toma un Prozac y se va a costar? No, se pone a elaborar una obra de arte, un jardín, donde cada flor, según la sabiduría rural, la cura a ella de una parte distinta de su dolor. Y más encima después le ofrece el remedio al novio que se fue, por si vuelve arrepentido y dolido. Un ejemplo de dignidad, creatividad y amor verdadero, les digo: la Violeta se cura a sí misma y quiere curar incluso al que la trató mal. El Prozac (o lo que sea) barre el dolor bajo la alfombra, como si fuera contingente; la obra de arte lo incorpora y lo moldea, le da una vida nueva y así influye la realidad, no la adormece. En este sentido creo que el arte puede ser terapéutico«.

La historia se ambienta a principios del milenio, una época que a González le resuena a través del marcado machismo del “ambiente filosófico” de Playa Ancha. «Los profesores subestimaban y trataban como estúpidas a las mujeres que estudiaban filosofía, y les gustaba citar las frases misóginas de los filósofos clásicos. En cuanto a los hombres, los profesores tendían a desincentivarlos intelectualmente mediante la ridiculización: o eras tonto o te estabas pasando de listo. No todos los profesores eran así, pero había una tendencia indudable. Esta hostilidad, sin embargo, y el hecho de que todos estaban lejos de sus familias, producía un acercamiento estrecho entre los compañeros e instancias propias de aprendizaje. Todo esto, creo, resuena en la novela«.

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