El libro recoge algunos de los relatos más emocionantes del autor, dejándonos con ganas de un tiempo extra.

Barrio Bravo. ¿Por qué amamos la pelota?
Roberto Meléndez
Chile, Junio 2017
Relatos, Sudamericana, 214 páginas
ISBN: 9789562624947

Sinopsis

¿Qué tiene que ver la historia del Quisco, un joven futbolista amateur, con los superjugadores Ronaldo o Totti? ¿En qué se relaciona la semifinal entre Universidad Católica de Rinconada de Los Andes y Ferro Llanquihue, con la final de la Copa América? ¿O los pormenores del Torneo de los Recreos con la revancha de un amor despechado con Marcelo Bielsa?

La pasión por el fútbol es lo que une, en este libro magistralmente escrito, estas y otras historias épicas, que nos llevan a vivir el ritual de la cancha, el vitoreo de la hinchada y las gambetas de la vida misma.

Opinión

Sin saber cómo ni cómo no, en tiempos donde la rapidez de las papas fritas en la calle, la sopa en polvo y el trauma del visto en whatsapp desarman la paciencia de la mayoría, he visto a un par de personas leyendo en el teléfono (o en el computador de la pega) unos relatos que desafían la esencia de las redes sociales, aquella idea de pasar lo más rápido posible por historias, fotos, likes, videos, reacciones y demases; textos que vistos en una pantalla telefónica me recuerdan las sábanas que quisieron enseñarnos a escribir en la Escuela de Periodismo unos profes tan anacrónicos que siguen creyendo hacer lo correcto cuando hacen lo mismo en un mundo que ya cambió 2 o 3 veces.

Curioso y tímido a la vez me acerqué a esas sábanas de texto. Y cagué. La vendí. Me sentí atrapado como cuando juntábamos todos los recortes de la semana con un par de compañeros y nos íbamos a jugar, después de clases, Winning Eleven o Fifa 97 o 98 en esas máquinas gigantes y en esos locales que nunca supimos si eran legales o no, medio oscuros y llenos de humo de cigarro, algunas mesas de pool, otras de ping pong y las máquinas, siempre las máquinas. Todos queríamos jugar con Brasil, obvio, y luego con los europeos, Italia, Alemania u otros. Y tantas veces la misma jugada: llegando a línea de fondo, centrando al punto penal y cabeceando directo al arco, casi, sin siquiera apretar esos botones de colores galácticos que apenas mirábamos entre tanto humo.

La primera vez que leí a Barrio Bravo me sentí como “Ego”, el crítico gastronómico que prueba el ratatouille que cocina el ratón protagonista de la película y se siente transportado a su niñez, transportado y conmovido, transportado y desarmado, como cuando alguien toca ESA fibra interna, no cualquiera… esa, la misma que vibra con el “shileeenooooo” bajando de la galería del Monumental de River, la que anula todos los sonidos externos al escuchar el himno de la Champions, o la que eriza tus vellos al escuchar la música de fondo del área deportiva de tvn o el 13, recordando los años en que el fútbol de Primera se veía por la tele abierta, en vivo y a color.

Es que leer a Barrio Bravo es más profundo que recordar, recuerdos uno tiene todo el día. Esto es casi ancestral, pues basta solo con mirar los títulos (“El milagro de Estambul”, “La culebra del Lucho Fuentes”, “Cuando el Superman Vargas le tapó el penal a Chilavert”, “El Matador”, “El himno de Chile en el Maracaná” o “El gol del Huaso”) para volver a esa fecha, sin fumar nada, volver a estar sentado, o parado, siempre frente a la pantalla, con la misma sensación de angustia (casi siempre) y la misma petición de lograrlo, de marcar un gol más, de ganar, de salir campeones.

Leí a Barrio Bravo en Facebook. Luego conocí la página web. Lo agregué a mi lector RSS (apuesto a que pocos lolos siguen ocupando RSS). Y acabo de leer el libro. Y ya quiero seguir leyendo. Y si tuviera que juntar los recortes del vuelto de todos los días para comprar fichas y poder seguir leyendo sus relatos, lo haría, cómo no.

Gracias entonces. No tanto por el verso, ni el estilo. Para eso hay otros analistas y otros libros. Gracias por traer el recuerdo añejo, angustioso, adrenalínico, profundo y ancestral al presente, ilusionado como en 2015 en el Nacional, optimista como en 2016 en Estados Unidos y ansioso, otra vez, este 2017 en Rusia.